Cristo Jesús es la poesía que hizo posible el mundo

Palabras de bienvenida del P. Miguel Fernández Fariñas cmf., Director del Centro Cultural y de Animación Misionera San Antonio María Claret, durante la Gala de Premiación del XVI Concurso Literario Viña Joven.

El padre Miguel Fernández Fariñas tuvo a su cargo las palabras de bienvenida y un elogio a la poesía

¡Buenas noches a todos! ¡Sean bienvenidos a esta Gala de Premiación del decimosexto Concurso Literario “Viña Joven”! Sepan, de entrada, que este Centro Cultural y de Animación Misionera San Antonio Mª Claret también se siente ya premiado con algo que no tiene precio: su presencia, su cercanía y su afecto. Gracias.

Nuestro Concurso Literario se ha ceñido a la poesía en esta ocasión. A la poesía sin más, sin tema previo, sin adjetivaciones…

Porque los poemas recibidos fueron muchos y, en general, de bastante buena calidad, los miembros del Jurado no lo tuvieron nada fácil, ni siquiera a la hora de hacer una primera selección de los mismos. Pero el verdadero certamen, en su acepción de combate, se les presentó al tener que decidirse por los poemas ganadores. Esperamos que las heridas sufridas en sus propias carnes por esa contienda, estén ya cicatrizadas. Muchas gracias a los miembros del Jurado por su trabajo.

Quien les habla no es experto en nada. ¡Y menos en poesía! El P. Miguel, ese es mi nombre, es sólo un misionero, sacerdote claretiano, enviado a estas tierras a las que el P. Claret llamó la “Viña Joven”, una metáfora, contemplativa y misionera, de cuanto percibió en los seis años que estuvo aquí como arzobispo de Santiago.

Pero este inexperto que soy yo, tiene, sin embargo, el privilegio de darles la bienvenida a esta Gala que es nuestra cita anual con la palabra. Hoy, repito, cita de amor con la palabra poética.

A lo largo de mi vida he oído muchas veces preguntarse a la gente: ¿para qué sirve la poesía? Y la respuesta más común ha sido ésta: ¡para nada! ¿Se preguntan eso mismo los poetas? ¿Se preguntan qué será de sus versos, quiénes los leerán o  interpretarán, a cuántos les beneficiarán?

Dejemos que cada jardinero de la palabra poética piense su respuesta. Pero los demás confesemos de viva voz la nuestra: si la poesía fuera inútil para nosotros, no estaríamos aquí; ni tampoco este Centro la promovería.

Convencidos de su utilidad, yo, como sacerdote, me vuelvo ahora a lo que dice San Juan al comienzo de su evangelio: “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (…). Todo existió por medio de la Palabra, y sin ella nada existió de cuanto existe (…). Y la Palabra se hizo hombre”.

¡Qué precioso descubrimiento el que nos muestra San Juan! ¡Dios es poeta con un solo poema! Y este poema es su Hijo, engendrado desde toda la eternidad y hecho hombre para salvarnos. Cuanto tiene que decirnos el Padre, está dicho para siempre en su Hijo. Cristo Jesús es la Palabra perfecta, la poesía que hizo posible el mundo, la Verdad en sí misma y la Verdad del hombre. Sin esa poesía no existe nada, ni nada puede decirse que tenga aquella profunda consistencia que la verdad da a la vida. Por eso, aunque sólo fuera por eso (que no lo es), la poesía no es inútil. Todo lo contrario.

El poeta, aunque tal vez no sea consciente de ello, adora también la palabra y a ella sirve (aunque la escriba y sienta con minúscula). En consecuencia, siempre anda en búsqueda de la palabra precisa con la que quisiera decirlo todo. ¡Cuánto tiempo empleado en usar los más variados recursos (metáforas, símbolos, epítetos…) para, como diría San Juan de la Cruz, “dar a la caza alcance”.

Ese servicio del jardinero a la palabra poética no es esclavitud a ella; siendo totalmente libre, la poesía no admite esclavos. No cabe, pues, servirla sino desde la libertad más honda. Por eso, todos los dictadores que han tratado de ponerle rejas se han estrellado contra un muro. La poesía sabe ingeniárselas sola para escabullirse con su jardinero. Y, de camino, para entrar con él en los más variados lugares: en lo real y en lo soñado, en el palacio y en las chozas, en la ciudad y en el campo, en lo sencillo y en lo complejo, en lo profano y en lo sagrado…

Y, a propósito de esto último, ¿quién ha dicho que una poesía que describe lo sagrado, se convierte necesariamente en algo alejado de la realidad y por tanto, de la vida? Además de una falsedad, es una ofensa a poetas sublimes como Francisco de Asís, Juan de la Cruz o Juana Inés de la Cruz. También cuando ellos bajan lo sagrado a la tierra, lo hacen para cultivar la vida del hombre, iluminar la realidad y proporcionarle el abono que creen mejor para transformarla. Queda, pues, por demostrar que la poesía profana tenga más poder que la sagrada para cambiar las cosas terribles de nuestro mundo (las guerras, los crímenes, las drogas…). Huyamos de las afirmaciones gratuitas.

Precisamente porque existe la poesía, profana y sagrada, esas cosas terribles son más espantosas todavía. El poeta de lo profano denuncia la perversidad de quienes matan la vida de seres humanos o destruyen la naturaleza; el de lo sagrado les imputa, además, que con tales crímenes están asesinando a criaturas de Dios y a hijos suyos.

Estimados poetas, profanos o sagrados, aquí presentes:

– Acerquen la poesía, por favor, a los seres humanos, empezando por los de casa, y muéstrenles su poder curativo. Son muchos los que necesitan sus palabras cuidadas; esas que, recogidas después en los corazones de los lectores, resucitan a las personas y provocan exclamaciones como ésta: ¡este jardinero me ha reconocido en su mirada, me ha salvado y me ha mostrado el sendero de la Verdad y de mi verdad!

– Busquen la claridad en ustedes mismos respecto a la vida, al destino, a la muerte y a Dios, que son, al fin y al cabo, los grandes asuntos del ser humano. Y libérense y libérennos a todos, ¡por caridad!, del vacío, del nihilismo, del materialismo, del  consumismo, de la despersonalización, del sin sentido, de la desesperación…

Porque hay gentes para quienes la poesía es inútil, ustedes los poetas, los más conscientes de que lo esencial es invisible a los ojos, háganles ver lo necesario que resulta a veces lo inútil para comprender el misterio de nosotros mismos, del mundo y de Dios.

¡Que Dios les bendiga! Disfruten de esta cita de amor con la palabra poética. Muchas gracias.

 

Santiago de Cuba, 25 de octubre de 2018.

P. Miguel Fernández Fariñas, cmf.

Santiago de Cuba, 25 de octubre de 2018

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