La alpargata

–Estaba tirada sobre el pasto, aplastada; era una vieja y gastada alpargata, la encontré en un campo a orillas del mar; es más, recuerdo que su extremo apuntaba hacia la bahía. Se me ocurre que, hasta acá, este relato no tiene nada que pudiera llamar la atención salvo que, movido por un impulso impensado, le tomé una fotografía a la vieja alpargata, luego imprimí la foto y noté que no tenía aparentemente ningún valor artístico ni estético pero, de cualquier forma, la puse sobre mi mesa de trabajo. Allí estuvo la imagen de la alpargata gastada, sufriendo los vaivenes sobre el escritorio: o bien era empujada por un libro, o el viento la hacía caer, o la corríamos para ampliar el espacio cuando se requería. Lo cierto fue que la fotografía recorrió toda la superficie de la mesa, en un periplo en el cual yo ni siquiera reparaba. No sé muy bien cómo fue que comenzó todo, no sé siquiera cómo era mi ánimo ese día –que es lo que a ustedes les interesa saber–, lo que sí recuerdo fue que la tomé y la acerqué a mi cara, porque la luz era muy tenue, y comencé a observarla, no sé buscando qué, pero empecé a mirarla con mucho detenimiento, hasta que la pregunta surgió espontáneamente: ¿de quién fue esta alpargata? Aparentemente supo ser de un hombre, no creo que de una mujer ya que, por una cuestión de coquetería, difícilmente usara ese tipo de calzado; además sentí que, quien fue su dueño, era pobre, aunque un pobre la hubiera seguido usando un tiempo más, vio usted que los que nada tienen usan las cosas hasta que no dan más. Yo sé que todos, y usted en particular, señor, piensan que estoy loco porque, frente a un objeto abandonado, imagino de quién fue y elaboro una idea, y no es así, fíjese nomás que los antropólogos y los arqueólogos hacen eso, y no por ese motivo los han de juzgar como hacen ahora conmigo.

–Para que todo esto llegue a buen puerto –dijo el médico interrumpiendo a José–, usted no se imagine lo que yo pienso, no elabore cosas que lo único que hacen es desconcentrarlo, y siga con su historia que realmente me interesa y mucho.

–Me deja más tranquilo, doctor; entonces sigo. Habíamos quedado en que se trataba de un hombre pobre quien calzó la alpargata, y le digo más, era triste, se reía poco y nada, dormía en la calle y siempre andaba solo, no tenía amigos y, estoy seguro, vive en esa zona donde yo la encontré, porque además quería estar cerca del mar –él le decía “la mar” –, no tanto porque le gustara sino porque el ruido de las olas y la brisa refrescante serenaban su espíritu. Además le puedo asegurar que, a pesar de que sufrió mucho, nunca lloró.

–Hasta acá todo muy bien –interrumpió el médico–, sería muy bueno ahora que usted me diga cómo es que llega a estas conclusiones con solo contemplar un objeto. Piensa acaso que tiene algún poder sobrenatural o paranormal?

–No, doctor, qué voy a ser un dotado mental, soy como todo el mundo, soy un tipo simple, supe ser muy trabajador y de mi casa, lo que me mata es ese antecedente que tiene usted arriba de la mesa, pero eso es cosa del pasado, fíjese que la justicia ya me liberó, reconozco que fue a partir de ese día que cambié mucho –dijo José mientras señalaba con su dedo un expediente que estaba sobre el escritorio donde se leía “José Rodríguez – homicidio agravado” y más abajo en letra más pequeña “libertad condicional”.

El siquiatra también dejó ir su mirada hacia la carátula, y sin detenerse en la observación de José, orientó nuevamente el diálogo de este:

–Tengo entendido que en lo que acaba de contar no agota la historia en torno al calzado hallado y fotografiado.

–No, doctor; la cosa siguió, de lo contrario no estaría acá. Fíjese que eso que le relaté fue la primera noche donde, después de estar largo rato contemplando la foto de la alpargata, me acosté, me olvidé de ella, y me dormí sin problema alguno. Esto es, no me inquietó el pobre hombre solo y triste que había perdido el zapato, es más, me hizo recordar a la Cenicienta, lo que me despertó una sonrisa. Yo le aclaro que soy de costumbres muy medidas, por así decirlo: me duermo relativamente temprano porque, desde que me mandé esta –dijo señalando el expediente– tomaba todos los días las pastillas que me mandó su colega del penal, me levantaba temprano, caminaba mucho, bueno usted sabe…

–Me dice “tomaba”, “levantaba”, “caminaba”, en tiempo pasado –inquirió el médico–: ¿es que ya abandonó esa rutina?

–No doctor, no la abandoné, digamos que, a raíz de estos sucesos, la suspendí transitoriamente, y le digo el motivo: no quería dormirme temprano para así poder contemplar la fotografía, y lo de caminar lo sustituí yendo largas horas a la costa, al lugar donde la había encontrado. Le digo otra cosa, cada día que pasa me lamento más no haberla recogido y traerla conmigo, estoy seguro que la alpargata en sí misma me hubiera dicho más cosas que las que me cuenta la foto. Pero no vale a esta altura lamentarse, si de repente andaba con ella encima, me iba peor con ustedes. Además –agregó José con un dejo de picardía–, les es más práctico e higiénico para que la incluyan en el expediente. Le aclaro, doctor, que el primer descubrimiento que hice, me refiero al hombre pobre, triste, solo, y le agrego feo, no se lo conté a nadie, como tampoco conté la versión de la segunda noche, la de que seguía siendo pobre, triste, desalineado y todo eso, pero que la soledad era reciente, cuando se enteró de que su mujer lo engañaba y se fue de su casa. Ese día sí que lloró, fue el único día en su vida que lloró, y supe también que tenía hijos, pero prefería no verlos hasta que se recompusiera anímicamente. Tampoco conté lo de las noches siguientes, donde la alpargata me decía que era un delincuente que huía, otra vez fue un obrero que escapó del mundo y se fue a beber junto al mar, y hasta le digo más, una vez leí en la foto que era una mujer joven que se escapó del hogar paterno.

–Una mujer –se sorprendió el médico.

–No, no se preocupe, doctor, fue como un pantallazo muy fugaz, luego vino la idea de nuevo que confirmó que se trata de un hombre, y mire que no es cosa de machismo ni nada de eso, solamente que es un varón.

–Me gustaría saber, estimado Rodríguez, el tema de esa visión o mensaje de la alpargata que lo llevó a la comisaría –dijo el médico tratando de apurar el diálogo.

–Muy bueno, doctor, porque eso es lo que más me interesa. Vea usted que estaba yo en la costa, en el preciso lugar donde encontré la alpargata, ese día llevé conmigo la foto. Imagínese, estaba yo allí y tenía en mi mano la imagen que era para mí como ese lugar que, en la antigua Grecia consultaban para todo, que no recuerdo ahora cómo se llamaba…

–Oráculo –le recuerda el médico.

–Exacto, eso es. Era para mí un oráculo, y vea, estaba en eso cuando por primera vez se me ocurrió pensar: ¿por qué una sola, y dónde está la compañera?, y fue ahí que recibí el mensaje: se trata de un desaparecido, acá debajo de mis pies hay un desaparecido de la dictadura, me dije, la alpargata se le debe haber caído cuando lo trasladaron. Tanto tiempo mirando la imagen y recién ahora me doy cuenta de lo que pasó. Volví corriendo a casa y regresé con la pala, y de inmediato comenzó la excavación. Ya estaba oscureciendo pero no me importó, yo seguí en lo mío toda la noche. No sabe, doctor, la de pozos que hice, cavé y cavé hasta desfallecer. A la mañana me sacuden un hombro para despertarme y al abrir los ojos veo a los dos policías que me dicen que los debo acompañar, yo no me resisto y voy, les recuerdo que tenía una pala y me aclaran que ellos ya la habían subido a la patrulla, y allá fui con ellos. Ya en la comisaría me pidieron una declaración de los hechos, y yo hice un relato más o menos como el que le hice a usted, pero ellos no me escucharon con respeto, se reían y se burlaban, hasta que el comisario dijo: “Esto no es para nosotros, muchachos; llamen una ambulancia y que vaya al manicomio”, y así fue que me trajeron para acá.

Hubo un silencio, mientras el médico abría el expediente y retiraba la foto, la cual demoró unos instantes en sus manos. La miró detenidamente, luego muy lentamente la volvió a guardar, y miró a José, cuyo rostro denotaba nerviosismo; esperaba ansioso la opinión del médico.

–Rodríguez, en primer lugar quede tranquilo que yo lo voy a dejar ir a casa. Hay una cosa, de ahora en adelante vamos a continuar con los medicamentos que en su momento le indicaron, acostarse temprano, caminar mucho, y para nada ir al lugar donde lo detuvo la policía. Para seguir con este régimen de libertad condicional, yo lo deberé evaluar semanalmente y, donde no cumpla con lo prescripto, me va a obligar a que aconseje su internación forzada. Ahora puede irse, Rodríguez.

José saltó de su asiento, su rostro se iluminó y desde la puerta, sonrisa mediante, dijo: “Gracias, doctor; ya va a ver que no lo voy a defraudar”.

. . . . . .

Cuando llegó al lugar todavía estaban los obreros trabajando, tapando los pozos que había por doquier. Corría una brisa suave y la bahía mostraba pequeñas y grandes embarcaciones y de fondo, la ciudad. Se detuvo un instante y llenó su mirada con el paisaje; además esa contemplación fue un buen pretexto para esperar a que se retirara la cuadrilla de trabajadores.

Una vez estuvo solo recorrió el lugar tratando de ubicar el sitio exacto, tomó de entre sus ropas la foto –como si fuera una brújula–, la cual orientó hacia un lado y otro, hasta que al fin detuvo su andar. “Es acá”, dijo mentalmente, mientras se arrodillaba sobre la tierra recién removida, miró para uno y otro lado y, cuando confirmó que nadie lo veía, tomó una flor de dentro de una pequeña bolsa, la depositó sobre el suelo con un gesto muy tierno, luego se incorporó muy lentamente y, dando una última mirada al mar, guardó la foto. Y, desandando el camino que en algún momento recorriera José Rodríguez, el médico volvió sobre sus pasos.

Hugo Marinari Sexto (Montevideo, Uruguay)*

Hugo Marinari. Foto: Cortesía del autor

Este texto obtuvo Mención del Jurado y Premio colateral de la Pastoral para la Cultura de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba en el XIV Concurso Literario Viña Joven 2016.

* Montevideo (Uruguay), 1941. Fotógrafo. Obtuvo numerosos premios como miembro del Foto Club Uruguayo, entre los que se destaca el premio a la Mejor Foto del Año en dos oportunidades. Fue co-fundador del Grupo Fotográfico 936, donde comenzó a hacer exposiciones personales. De sus trabajos más recientes, destacan las muestras Identidades, Escenarios, Ensayo con una Muñeca, Formas de Ver el Cielo, y Los Fantasmas del Mercado del Puerto. Como cuentista obtuvo Mención en el concurso Los mejores de Sorocabana (cuento José Rodríguez, Editorial Monte Sexto, 1986) y mención en el concurso Literario de la Asociación de Escritores (cuento Cuestión de Solidaridad); también se dedica a la literatura para niños.

Anuncios