La Navidad de un poeta*

Por: P. José Fernández del Cacho[1]

 

Intentar extraer del acontecimiento del “Hijo de Dios hecho hombre» toda la vida que desborda es tarea que jamás se puede dar por finalizada. A la hora de intentar abordar el misterio de la Navidad sufrimos una doble tentación. La de mitificarlo tanto que lo acabamos reduciendo a una narración maravillosa, bella, conmovedora, pero con poca realidad y menos significado. O, lo desmitificamos tanto que acaba siendo un puro dato desnudo sin revelación. La aproximación creyente ha de evitar ser absorbida por una interpretación «celeste» o ser reducida a un hecho más dentro de la cerrada causalidad histórica sin ninguna novedad.

Cuando el autor del cuarto Evangelio escribe que la Palabra se hizo carne (Jn 1,14); cuando en el Evangelio de Lucas se insiste en los capítulos 1 y 2, con un lenguaje marcadamente teológico-narrativo, en la acción de Dios y en su «intervención» en la historia; cuando el apóstol Pablo en Gálatas 4,4-7 afirma que está ocurriendo la manifestación definitiva de Dios en Jesús; todos ellos quieren poner de relieve el nuevo punto de partida que se ha introducido en el tiempo. Punto de partida narrado desde la pascua e iluminado por ella.

Para expresar esta realidad novedosa como es la encarnación del Hijo de Dios, el lenguaje tiene que adquirir múltiples formas, desde la afirmación hasta la narración. Quedarán siempre muchas preguntas envueltas en la oscuridad y llamadas a profundizar siempre en ello. Deberán inventarse nuevas categorías, y éstas, después de aplicadas, deberán retirarse silenciosamente cuando la mente y el corazón queden ante el misterio insondable de Dios. Esta es la finalidad de todo discurso cristiano: llegar ante el misterio de Dios y allí desaparecer para dejar paso a la adoración.

TODO UN POEMA DE AMOR

«Un poema no puede estar como en un escaparate de joyería, porque es preciso que escribamos desde el solar de la palabra misma, desde el solar de nuestra propia alma». (Luis Rosales)

Los poemas son desahogos del alma, gritos lanzados desde la cima de un monte hacia espacios que no tienen fin. Escribir poemas es emitir como el viento la voz, con la flor el perfume.

Sentir la poesía es estar vivo y abierto a la vida. El estudio mediante la razón, el análisis de la técnica o del lenguaje, nos muestran cómo se produce la maravilla por la que se puede expresar un mensaje y una vivencia de forma elegante y armoniosa; el porqué de una secuencia de palabras, una determinada cadencia, una métrica o una rima, emergen sensaciones que nos evocan sentimientos más allá de los significados literales. Pero de la poesía, lo más importante es sentirla, saborearla íntimamente, dejar que por sí misma nos revele el mensaje, el dolor o la alegría, la duda o la certeza, la placidez o el desasosiego, la ilusión o la desesperanza, el cariño o el desamor que encerró en ella quien la materializó sobre un papel.

La poesía es una palabra de paz lanzada a la vida.

Organizar el devenir en que se manifiesta el mundo mágico de las cosas, comprenderlas, experimentarlas y contarlas es la función que, dialécticamente consciente, fundamenta la intencionalidad poética.

La poesía es el acontecimiento hecho lenguaje del corazón. El poeta es el eterno novio de las cosas y los seres. La poesía es un acto de amor. Látigo y grito; un acto creativo en el que el hombre y la mujer enriquecen la realidad con algo que sale de su espíritu.

La poesía es una palabra de paz lanzada a la vida, es decir, una golondrina en movimiento. Una palabra del yo habitada por el otro. La poesía es plural y es punto de encuentro. La poesía es un fermento para la unidad de los humanos. La poesía es un territorio abierto sin medida.

El poeta se eleva por encima del asfalto, del ruido, de las prisas. Hacer poesía es conectar con la presencia de Dios en nuestro corazón… Creer que un poeta es más útil que un político, que un niño es más importante que un emperador, que la fe es la mejor lotería que nos puede tocar en Navidad, creer que si Dios se hizo hombre, ser hombre/mujer es lo más grande que se puede ser.

«Poeta es alguien que va más allá en el mundo circundante y más adentro en el mundo interior; pero, además, debe unir a esas dos condiciones, una tercera más difícil: hacer ver lo que ve». (Dulce María Loynaz)

HACER DE LA VIDA UN VILLANCICO

Tú y yo somos «viajeros en tránsito», como los pastores de Belén: expertos en «noches oscuras», es decir, luchando como «gladiadores» en no ser devorados por el “mamón» del dólar, por el «ansia» de placer y la «paranoia» del prestigio, que día a día intentamos que no se tape la memoria de la interioridad y de la compasión, haciendo equilibrios (¡y nos caemos tantas veces!) entre las redes vacías de la intrascendencia.

Por eso, junto a la hoguera donde se calientan del relente de la noche, los pastores parecen estar diciéndonos: «estad atentos, no perdáis la conciencia de la noche: sólo en ella se revela el inmenso y silencioso trabajo de Dios en el mundo; sólo estando del lado de los que padecen más su intemperie puede sorprendernos la visita del Ángel». Tú y yo hemos sido deslumbrados por una gran Luz: «No temáis, os doy una gran alegría… Hos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor…».

Así, siendo «poca cosa» pero en sintonía con un recién nacido vamos a adorarle, haciendo un poema con nuestra vida y recitándolo con villancicos pastoriles. Traduciendo lo que cuentan los ángeles (la Biblia, la teología, la tradición…), no sólo al lenguaje de los sabios y entendidos de Jerusalén, sino al «dialecto de Belén», al que habla todo el pueblo. Poemas y villancicos que nacen del corazón.

Navidad: es la hora de la alegría!

Sí a la sonrisa de un Niño,

sí a la amistad de los hombres y de las mujeres.

No a la amargura de noches largas,

de muchos días negros.

No a los pesimistas, agoreros de la libertad.

No a la tristeza.

¡Esta es la hora de la alegría,

y no queremos más tristezas!

Brindemos por un mundo de risa clara,

de sonrisas limpias llenas

de dentífricos de Amor…

Por la Paz, que renazca para siempre

de estas cenizas,

que resurja como arco-iris-de-amor-

paloma-de-paz.

Por las ilusiones que dan vida a nuestro ser,

por los valores humanos,

por la Humanidad entera.

Por el recuerdo de los buenos amigos,

para que sean más

en una cadena de manos unidas mirando al sol,

mirando al mar.

Para que desaparezcan algunos gramos

de mal entendimiento nacional,

por el que no está a gusto,

por el que no se encuentra,

por el que no sabe vivir o no le dejan vivir.

Por el que no sabe amar ni reír…

¡Brindemos para que este néctar de esperanza

mezclado con gotas de ilusión,

rodajas de paz y guindas de ternura

nos devuelva algo nuestro

que perdimos en la noche de la vida…

Brindo con las copas de todos los árboles de la tierra

para que nazcan sonrisas en el corazón

del hombre y de la mujer.

¡Brindemos de verdad!

¡Cambiemos nuestras vidas!

Choquemos nuestros vasos.

Es Navidad: ¡hora de la Alegría!

Posdata:

El reloj marca mañana:

bandera sin colores con mástil de regaliz

y la vida como única canción.

Navidad: ¡Gracias Señor!

¡Ah, y prohíbeme dejarte de querer!

 

(poema de José Fernández del Cacho)

 

*Artículo publicado en el número 10 de la revista Viña Joven, correspondiente al trimestre octubre-diciembre de 2001.

[1] Aprendiz de poeta, sacerdote pasionista y evangelizador