De las ballenas varadas (Poesía)

(Fragmentos)

1. Extraño animal, inocencia

Los niños, si pueden, crecen

José Saramago

 

Llega el tiempo en que descubres tras el enrejado de tu pecho

la muerte del antiguo animal de la inocencia.

Y quedas inmerso en la desesperante blancura del día.

Sin fuerzas. Viendo alzarse los manicomios.

Como algas en un océano de luz. Y eres isla dentro de isla.

Privado de la gravedad de los navíos. De las hermosas criaturas

que en sus bodegas cruzan el Atlántico. Caballos árabes.

Galgos. Monos. Quetzales. Y aquel extraño animal

apresado en los confines de Bikanir. La inocencia.

 

No por anunciada la muerte sorprende menos. Perturba.

Violenta con sus derrumbes interiores la jaula/corazón.

Te asomas al enrejado y ves al animal inmóvil. Palideces.

Algo de ti parte con él. Se astilla contra los muñones

de la cárcel donde apresaste la inocencia.

Es el riesgo de volverse adulto. De crecer.

Desprendimientos.                                    Quebraduras.

El ciclo humano. Estaciones que el brazo de Dios

va segando en el peligroso paisaje de la vida.

Perder la inocencia es adentrarse en los manicomios.

Asumir gota a gota el bebedizo del delirium.

 

Buscas señales de agresión. Dentelladas. Saetas.

El pozo de sangre fluyendo en la garganta.

Y no adviertes la rojez homicida de quien mata.

La marca de unos dedos entre el pelaje.

O un coágulo de dolor en los ojos. Muy abiertos.

Es natural la muerte de la inocencia. (natural & muerte

son términos de compleja asociación —lo reconozco).

Ah, pobreza del idioma. Incapaz de precisar el martirio.

Agónicas noches del espécimen que se sabe

definido por la fatalidad. No antílope. Perro de aguas.

Pájaro de fuego. Sino un extraño animal

apresado en los confines de Bikanir. La inocencia.

 

Hay que aprender a despedirse.

De la metálica ligereza del velocípedo en los pasillos.

De la casa donde crecimos. Del miedo a la noche

(inmensa tras los pórticos). Del Día de Reyes.

Del abuelo y sus historias. De la abuela y sus dulces.

De las tardes de domingo. Despedirse.

Soltar amarras. Con la gravedad de los navíos.

Con la resignación de las hermosas criaturas

que en sus bodegas cruzan el Atlántico. Caballos árabes.

Galgos. Monos. Quetzales. Aves del sol y de la sombra.

 

Llega el tiempo en que descubres tras el enrejado de tu pecho

la muerte del antiguo animal de la inocencia.

Y quieres volver a las fotografías.

Al álbum de las primeras veces. Cuando la manzana

de casas era el mundo. Y te despertaba la música

de la lluvia en los techos de zinc. Y era feliz.

Y el animal —apenas una cría. Como tú.

Jugueteaba en la planicie de un pecho sin barrotes.

 

Quieres volver. Pero es imposible.

No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

 

 

2. De las ballenas varadas

Atención:

se están suicidando las ballenas

M.E.C.V

 

Como varan las ballenas en las playas,

—con esa obstinación,

busco los silenciosos patios de la infancia.

No el sitio en que tan bien se está. No pido eso.

Sino la escasa sombra

del ciruelo que sembró mi padre.

Un lugar sereno, un recobrado y dulce lugar

donde pueda acaso prescindir

de esta máscara que invento,

debajo de la cual se desdibuja mi rostro.

Y ya no me reconozco.

 

No sé por qué pienso en las ballenas

renunciando a la paz de las Azores.

A los mares de Islandia. A la costa de Terranova.

Solas. Hacia las aguas bajas. No más el peso del océano.

Fosforescencia del plancton. Cenicientos vientres de buques.

Arponeros. Todo queda detrás. Atenuándose. Bruma.

Luces que se apagan luego del espectáculo

para no encenderse nunca. Al filo de mis treinta años

asumo la predestinación de las ballenas.

A veces poseo la seguridad de haber vivido de más.

De haber visto suficiente. Desde el amplio espacio de las plazas.

O el agujero del voyeur. Imágenes hincando la retina.

Estacas.         Clavos de Cristo.

Gimo. Un largo lamento. Como las ballenas que pierden

la ruta trazada en el azul. Nadie escucha.

El habitual bullicio de la vida interfiere.

Bloquea las ondas que emito. Si debo entrar en la soledad

ya estoy solo.

 

Cada noche aguardo el fin del mundo.

Antes de dormir les hablo a las niñas de 41 cachalotes

varados en las playas de Oregón. En 1979.

Me demoro en la playa varado

y en la naturaleza de los cachalotes.

Digo que Oregón es su lugar distante. Comprenden.

Su inteligencia me asusta. La mayor cuenta hasta 41.

La pequeña imita el canto de las ballenas. Estoy varado.

Tratan de devolverme a las profundidades.

La tibieza de sus cuerpos contra el mío.

Se duermen intentándolo. Permanezco despierto.

He querido llamar casa a estas paredes sin conseguirlo.

He querido llamar casa al planeta. En vano.

Aprovecho la mudez de la noche y grito. Afuera el océano.

Ballenas aproximándose a las playas.

Yo ni siquiera diviso una orilla. Una zona de aguas bajas.

«¿Cuánto hace que estoy nadando?¿Tres décadas?»

Me retiro la máscara un instante. Comprendo.

La máscara es ahora mi rostro.

 

Mis hijas traen noticias de las afueras.

Una flor de mar pacífico. El cuaderno de la caligrafía.

Una Barbie sin brazos. Un lápiz. Un barco de papel.

Me extienden una hoja. Un dibujo.

“Ese eres tú, papá”. Dicen.

 

Una ballena azul casi del tamaño de la página.

Sin mar.

Sin esperanza.

Varada.

 

Moisés Mayán Fernández

Moisés Mayán Fernández

Moisés Mayán Fernández (Holguín, 1983). Poeta y narrador. Licenciado en Historia y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (2003), es miembro de la AHS.

Ha publicado los poemarios:
• Fábula del Cazador Tardío (Ediciones La Luz, 2007)
• El Monte de los Transfigurados (Ediciones El mar y la montaña, 2009)
• Cuando septiembre acabe (Ediciones La Luz, 2010).

Aparece en la selección de jóvenes narradores holguineros Memoria de los otros (Ediciones La Luz, 2006), y en las Antologías Rapsodia para el Ché (Ediciones Capiro, 2007), El Sol Eterno (Ediciones La Luz, 2009), Como el fuego que está siempre (Editorial CE-CIC, 2009), Ciudades bajo un mismo cielo (Ediciones La Luz, 2010), Antología de la nueva poesía cubana 1970-2010 (Elefantes Editores, Perú 2010), El sagrado silencio del valle (Hidden Brook Press, Canadá, 2010), La isla en versos: cien poetas jóvenes cubanos (Ediciones La Luz, 2011) y en el disco El sol eterno (Ediciones La Luz, 2010).

Su obra ha sido distinguida con:
• Mención en el Premio David de la UNEAC (2007)
• Premio de Poesía Ciudad del Ché (2007)
• Premio Especial de la AHS en la XXXI Edición de la Jornada de Literatura y Artes Plásticas Regino E. Boti (2008)
• Premio de cuento “Batalla de Guisa” (2009)
• Primer Premio Gastón Baquero de Poesía (2010)

 

Con los poemas aquí presentados, obtuvo el Tercer Premio del XIII Concurso Literario Viña Joven, 2015; y el Premio Colateral del Centro Fe y Cultura Loyola

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