El Amor es la primera de las virtudes

Entrevista concedida por Monseñor Dionisio Ibañez García, arzobispo de Santiago de Cuba y Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, en el espacio cultural El patio de los sueños, del Centro Cultural y de Animación Misionera San Antonio María Claret. 21 de febrero de 2017. (1ra parte)

José Orpí Galí: ¿Cómo descubrió su vocación al sacerdocio y el camino que ha recorrido desde en entonces hasta su ordenación episcopal; primero como Obispo de la diócesis de Bayamo-Manzanillo y luego como Arzobispo de Santiago de Cuba?

Monseñor Dionisio durante El Patio de los Sueños, en el Centro Claret

Monseñor Dionisio Ibañez García: Muchas gracias por haberme invitado. Ustedes saben bien que no soy muy dado a conceder entrevistas, nunca las rehúyo, pero tampoco las busco. Pero sé también que de vez en cuando hay que compartir, y es verdad que como obispo uno comparte en la homilía, en las conversaciones; pero cuando me dijeron de este espacio, pues enseguida dije que sí, porque es bueno compartir con personas que le interesan determinados temas. Y es interesante porque aquí se habla de los sueños, ¿no?, ojalá que todos los sueños que uno tiene, yo y ustedes, ustedes y yo, pues se cumplan (…).

Yo soy de una familia católica. Me bautizaron desde pequeño, por lo tanto bebí la fe en mi casa, de mis padres, mis hermanos. Después me eduqué en el Colegio La Salle, de Guantánamo, y puedo decir que desde pequeño yo sentí cierta inclinación; y cuando terminé el bachillerato yo le pedí a mi padre que quería entrar al Seminario, y mi papá, hombre que no había alcanzado el sexto grado, un hombre luchador en la vida, me dijo: “Yo creo no, porque me parece que tú tienes que conocer más, y andar un poco”. Y así fue, matriculé en la Universidad en una ingeniería, a mí me hubiera gustado matricular Sociología, pero en aquella época, ya saben, a los católicos no se lo permitían esa carrera, además, no existía; y matriculé ingeniería y la terminé.

Recuerdo que cuando terminé el primer año mi papá me dijo (me llamó él, yo no le llamé): “Tú me dijiste antes de entrar a la Universidad que querías entrar al Seminario…yo creo que si tú quieres dejar la carrera y entrar…”, y yo le dije: “No, papá, yo creo que tengo que terminar la carrera”. Claro que en la carrera se habían creado lazos entre los estudiantes, y yo creía que tenía que estar en la universidad y terminar.

Trabajé como ingeniero. Y trabajando como ingeniero yo empecé a estudiar algunas de las asignaturas del sacerdocio. Y precisamente yo venía aquí [a la parroquia Santísima Trinidad] y aquí estudiaba, en un cuarto allá arriba. Y llegó el momento en que dije “bueno, voy a entrar al Seminario”. Y entré con la casualidad, la gracia, de que el padre Catasús, que también había terminado su carrera (Licenciatura en Química) entró junto conmigo. Yo no sabía que él también estaba en ese proceso; me enteré cuando me lo dijeron. Me agradó. Y de hecho los dos nos ordenamos siempre de las órdenes menores.

Así fue mi vocación. No me arrepiento de haber terminado la carrera, de haber empezado tarde (acuérdense, siempre la comillas a “tarde”, porque cada quien entra cuando tiene que entrar; en eso no hay fecha), porque me parece que también la experiencia de haber estudiado en la universidad, de haber trabajado, de haber convivido en la sociedad la lucha del día a día, es muy importante como experiencia para un futuro pastor.

Entré al Seminario. Catasús y yo hicimos la carrera en muy poco tiempo (cuatro años y medio). El primer año fue muy duro porque la Filosofía tuvimos que comprimirla, por decirlo así; estábamos en Teología y estábamos sacando asignaturas de Filosofía. Yo no di latín…

Entonces me ordenaron. En mis años de humilde seminarista, siempre me mandaron para Bayamo. Cuando terminé de cura, me mandaron, para Niquero y Campechuela (Media Luna estaba cerrado, Pilón estaba cerrado). Yo creo que fui el primer cura, después del padre Mario que dejó aquello en 1941, y vivió permanentemente en Niquero (yo viví en Niquero y Media Luna). Era la parroquia más lejana, a 275 kilómetros de Santiago de Cuba, y estuve seis años. Cuando me fui celebrábamos misas en Niquero… yo compartía cuatro días en Campechuela y tres en Niquero, y atendía los pueblos. Se pudo abrir la capilla en Media Luna, que estaba destruida; se pudo ir a Pilón, que ya el templo se hizo ahora hace poco; y después pasé a Manzanillo. Estuve casi cinco años en Manzanillo, desde 1991.

A mediados de 1995 se hablaba ya de que se iba a dividir la diócesis y entonces Monseñor Meurice me pidió que pasara acá. Me puso en El Cobre, de vicario del padre Palma. Estuve de vicario en el Cobre, unos seis meses, y un día Monseñor Estela me fue a ver allá y me dijo que su Santidad me había elegido como obispo de la futura diócesis de Bayamo; si yo aceptaba.

El 9 de octubre de 1995 se hizo público el levantamiento de la diócesis y de mi nombramiento como primer obispo y después, el 27 de enero, me ordenaron y tomé posesión como primer obispo de Bayamo. Estuve allí hasta febrero del año 2007. Casi once años.

Luego, el 12 de febrero, se hizo público que me nombraban arzobispo de Santiago de Cuba y el 24 de febrero, pues, tomé posesión. Recordemos que Monseñor Meurice había celebrado sus 75 años el día 23, y yo inmediatamente el 24 tomé posesión. Monseñor Meurice hizo una cosa rara, que muchas veces se hace: pidió al santo Padre que no quería que hubiera baches, él quería que el mismo día que saliera el futuro obispo entrara. Algunos le aconsejaron que no, que eran cosas diferentes despedir a uno y recibir al otro, pero bueno… acuérdense que la misa de despedida de él fue un 18 de febrero y yo entré el 24; pero de hecho, yo entré en posesión, creo que fue un 10 de marzo, porque él me pidió quedarse conmigo unos días más en el obispado (de hecho se quedó tres años más).

Esa ha sido mi trayectoria. Una trayectoria en que ha habido sus dudas, momentos en los que decía “no sirvo para el sacerdocio”, y momentos en que sí, me reafirmaba. Creo que es lo propio de cualquier sacerdote, que siente el llamado en un momento determinado.

JOG: De las tres virtudes teologales, se dice en Corintos 1-3, del Nuevo Testamento, que es el amor la principal, ¿considera Ud. que en estos tiempos tan convulsos que vive la humanidad esta afirmación tenga vigencia?

Mons. Dionisio: Claro, para un cristiano esa respuesta es Sí, porque si decimos que No, estamos negando el fundamento de nuestra Fe. Y fíjense bien que están las tres virtudes: Fe, Esperanza y Caridad. Y Corintios dice que de todas las más importantes es la Caridad, es cierto, pero la Fe hace sentirnos seguros en esa verdad grande que Dios es amor. Es decir, uno puede experimentar mucho en la vida, y conocer mucho, como dice san Pablo, podré levantar montañas, pero si no tengo caridad no soy nada; pero no se pueden separar, por eso se llaman virtudes teologales, porque son las virtudes que nos unen a Dios. Dios es amor, con la Fe descubrimos el amor de Dios, lo experimentamos y precisamente es Fe que tenemos en Dios es la que nos da a nosotros Esperanzas.

Precisamente cuando el mundo es más convulso, es cuando uno debe de aferrarse más a esas certezas que nos da la Fe, de que el Amor es la primera de las virtudes, porque la naturaleza de Dios es el Amor. Nosotros creemos en Dios, que Dios es todopoderoso, que Dios está en todos lados, lo aceptamos, lo creemos, pero cómo lo interpretamos, pero qué cosa es Dios todopoderoso, es sabio, es bueno, es verdadero…san Juan lo dice bien claro: Dios es Amor, esa es su naturaleza. Por eso es que el Dios de los cristianos, el Dios revelado por Jesucristo, es un Dios que es Trinidad, un solo Dios es tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, en la cual el Amor se manifiesta; no puede haber amor en uno solo, el amor siempre tiene que ser dado hacia otra persona, el amor se expresa, se da, se busca, se desea, uno siente el amor, y por eso uno puede también sentir recíprocamente que es amado.

(…) Por eso es que la iglesia dice que el misterio de la Santísima Trinidad es un “misterio”, no porque dé miedo, sino porque es difícil de entender, porque está más allá. Como también nos es difícil entender el misterio de la Encarnación: Dios que hace todas las cosas se hace hombre y muere en la cruz para salvar a su criatura. Es decir el Amor máximo.

En los momentos más duros, es cuando tenemos Fe firme, que uno dice todo esto podrá estar pasando, todo esto es terrible. Yo veo a estos pueblos que están en Siria, Irak, y pienso en las familias y en los niños, esas familias que llevan tres años cercados y no tienen comida para darle a los niños. Es terrible para los padres ver eso. Pero aún en medio de eso, si uno tiene una conciencia clara de que Dios es Amor y que el amor es lo único que puede colmarlos, entonces eso da mucha Esperanza. Pero fíjense bien que está la Fe, creer que Dios es Amor, creer que Dios es fiel; que los que nos ha prometido se cumplirá. Y en el mundo no habrá justicia (…), pero la palabra de Dios sí se cumple, la palabra de Dios es fiel. Yo sé que en medio de las injusticias del mundo, un día Dios hará justicia. ¿Cuándo la hará?, a lo mejor no estamos aquí presente, pero yo sé que Dios lo hará conmigo si yo he sido fiel, lo hará con mi familia si yo he sido fiel. Si no he sido fiel, todo ese sufrimiento es un simple pasar de cosas tremendas sin ningún resultado o significado final. El que tiene Fe tiene una fuerza grande que le ayuda no solo a soportar, sino también a luchar, eso es lo que hace firme a tantas personas en los campos de concentración, que han parecido que luchan contra toda Esperanza, sin embargo luchan porque quieren mantener la vida, si además de mantener la vida, la mantengo con la Fe de que la justicia de Dios se hace obra, entonces es todavía más seguro.

Por eso yo estoy de acuerdo con san Pablo, de todas las virtudes el Amor es la más importante porque es Dios. Al final, la Fe no hace falta, porque estaremos junto a Dios, la Fe es el tener seguridad en lo que no se ve. Esperanza, es aquella seguridad de lo que yo espero, que no tengo todavía pero yo sé que se va a dar; ya si tengo a Dios qué voy a esperar. Pero la Caridad está ahí, porque Dios es Amor y queda esa relación íntima entre Dios y nosotros.

Yo creo, hermanos, en esa metáfora de que la Fe es una Esperanza grande de que pueden pasar muchas cosas. Nosotros no somos esta mata que echa flores, se seca, la cortas porque ya tiene muchas hojas, está vieja y no pasó nada. Los cristianos creemos que cada persona humana es criatura de Dios y ha sido creada con un fin, y ese fin es el vivir aquí para encontrarnos con Dios, vivir siempre junto a Dios que es el amor y la felicidad eterna; lo demás sería un simple pasar, pero no tendría consecuencia final; podríamos dejar una impronta, una influencia, un ejemplo, pero esa no es la solución, de la aspiración que tiene cada hombre, que es precisamente perdurar, vivir en la justicia, vivir en el amor y ser feliz. La Fe nos fortalece en este sentido porque nos anima a luchar aquí en la tierra y a esperar el Mesías.

(continuará)

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